7/5/07

atardecer

Paul Auster
La habitación cerrada, de Trilogía de Nueva York

" Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a si mismo. "

Este atardecer soleado y tibio se presta para la busqueda interna de vivir para uno mismo. Esos minutos, al acabar la jornada, que podemos regalarnos sentados con un libro en las manos al calor de los tibios rayos de sol de primavera,son estos momentos en que somos menos opacos...

Si tú desembocaras,
si tú, un día, incontenible y mansa,
desembocaras en mis ojos, estos
que tan mal me defienden, y anegases
hasta el reducto último
desde el que intento en vano remontarte...
Si tú te desbordaras, si ascendieras
desde mis pies, medrosa, sutilmente,
como un aroma sumergido, como
un humo que creciese por el suelo
del otro lado del espejo, hasta
empañar la eternidad... Si tú
te adelantaras, si tú fueras,
si, como fuera, fueras hasta el borde
de mis palabras y, volviendo un poco
la razón, te atrevieras a asomarte
sin vértigo a la tierra...
Si tú, mi atardecida ya, mi acaso
boreal certidumbre de que paso
muy cerca del amor, te desprendieras
de tu suavísima envoltura y dieses
sentido a mi reclamo...
Su tú, desierta, solitaria, huída,
apaisada ante mí como la bruma
baja que pugna en vano silenciosa
por desasirse de los árboles, ¡ah!, si tú,
extendida bajo mi voz, dejases
que te lloviesen mis palabras, una
por una, hasta cubrir despacio
tu inmensidad, si dieras
cabida a mi tristeza...
Si tú, mi astral llamada, inaccesible
dentro de la constelación de tu belleza,
no midieses en años luz el vasto
espacio que nos une;
si tú, que sabes que mi luz no es propia,
detuvieses tu curso unos instantes,
una vida tan sólo,
el tiempo que yo tardo en reflejarte...
Si alguna vez tú, etérea,
cegada por la luz que te proyecto,
te acercaras a la distancia justa
que permite al calor comunicarse;
si me tendieras ese puente, o esa
tan frágil pasarela
que te une con lo demás del mundo;
si pudieras, si tú supieras, ¡ay!,
si quisieras, con un sencillo soplo
dar justificación a este derroche
de voz; si, de algún modo,
tú, equidistante siempre de las muchas
puertas del sentimiento, te quedases
por una vez inmóvil, en el centro
mismo de mis palabras...
fragmento de amor. Rafael Guillén

6/5/07

terra de bea

Esta es la hoja
que en la fronda de la tristeza densa
en Tierra de Bea, proclama en plátanos de la triste carretera,
en oros opulentos de las vides,
en robles cobrizos como arcilla estremecida,
el otoño, el otoño que se extiende como una sierpe
de luz tamizada,
aposentado el otoño en cada uno de mis dedos,
en cada uno de mis dedos como hojas
muertas y hermosamente capaces.

Esta es la soledad
en la que descanso la cabeza como en un edredón bordado
en amarillos maíces desteñidos
que en Tierra de Bea aguardan la ruina,
bien abiertos, estando los hórreos y los alpendres
bajo un querido sol elíptico.

Este es el esplendor
en el que puedo bañarme como un Dionisos
y reproducir la valiente destrucción de las hojas,
en Tierra de Bea,
en cada fatiga de mi pasar antiguo
por los brazos del terror y de la alegría.

Esta es la presencia
de la muerte coronada de laureles,
verde de prados de esmeralda, que entran
en mi pecho como en Valle de Bea
entran en el otoño pleno displicentes
y displicente estoy ante los matices
de la muerte, en este otoño que trae muerte
para mí en Bea.

De "Con pólvora y magnolias"

Xoxe luis Mendez Ferrin

lecturas

La tarde camina lentamente hacia el ocaso, los últimos rayos de sol tratan de imponerse tibios todavía sobre el filo afilado del noreste . Ese viento que nos recuerda que no ha llegado aún el verano, que este espejismo que nos regala la primavera, se verá trucado por un sur lleno de nubarrones y días grises , será tiempo de jugar entre ellos en la lucha de hacer y deshacer la flor. Me gustan estas tardes, en las que la única compañía son la paz de un libro y unas notas… a veces llenas de recuerdos. Elegir la lectura no es tarea fácil, quedan tantos libros en la espera, ¿cómo saber aquel que ha de ser el compañero de una tarde tan escasa de tiempo.

Ruiz Zafón fue el elegido, tal vez esa frase que da comienzo a su obra:

" Marina me dijo una vez, que solo recordamos, lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que comprendiese aquellas palabras. Pero más vale que empieze por el principio, que en este caso, es el final: En Mayo de 1980 desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete dias y siete noches, nadie supo de mi paredero. Todos tenemos un secreto bajo llave en el ático del alma. Este es el mio: ........

leer me transporta a esa semana en que desaparezco deldo, aunque sea sólo por segundos, estoy segura que si ahondamos en este pensamiento, así podríamos definir la lectura, una semana (unos minutos)en que desaparecemos del mundo y nos convertimos en esa maraña de personajes que vamos descifrando. Queremos, sentimos, lloramos reimos, como Marina..y recordamos perfectamente al cerrar la contraportada, pues

sólo recordamos lo que nunca sucedió

4/5/07

Calmo ante el mar ensimismado
solo ante un infinito
que es cada vez más breve
dice el sobremuriente en la escollera
tengo derecho a mi desánimo
tengo derecho al miedo
el mundo rueda incandescente
y el hombre / esa parábola de fuego
aúlla sin saber que está muriendo
allá lejos / es decir aquí al lado
los penúltimos cubren el desierto
el espejismo es de un metal infame
los camellos apartan sus ojos de la arena
para seguir soñando en otro oasis
el aire es de veneno
el verde es clandestino
ya no hacemos ni sombra en la ceniza
calmo ante el mar ensimismado
solo ante un infinito
que es cada vez más breve
dice el sobremuriente en la escollera
tengo derecho a mi desánimo
tengo derecho al miedo


Benedetti, Mario

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En este mi desván van quedando aquellas letras que forjan la biblioteca personal